JOYERIA
INSPIRACIÓN
La turquesa, piedra preciosa con matices azul verdosos, debe su nombre al francés “pierre turque”, del siglo XVI. Esta denominación hace referencia a la ruta comercial que transportaba la piedra desde Persia (actual Irán) hacia Europa a través de Turquía. Su historia está estrechamente ligada a las cruzadas, período durante el cual ganó popularidad en Europa. Sin embargo, su uso se remonta mucho más atrás, especialmente entre los egipcios, persas y pueblos amerindios, que la consideraban una piedra sagrada.
Desde un punto de vista mineralógico, la turquesa es un fosfato hidratado de cobre y aluminio (CuAl₆(PO₄)₄(OH)₈·4H₂O). Su color varía del azul cielo al verde, dependiendo del contenido de cobre (que aporta el tono azul) y de hierro (que tiende al verde). A veces, inclusiones de limonita o vetas de la matriz rocosa crean patrones oscuros conocidos como “tejido de araña”, característicos de algunas variedades como la turquesa de Bisbee (Arizona) o la turquesa tibetana.
La turquesa es una piedra relativamente blanda, con una dureza de 5 a 6 en la escala de Mohs, lo que la hace sensible a los golpes, al calor y a los productos químicos. Tiende a deshidratarse y perder brillo con el tiempo si no se cuida adecuadamente. Para mejorar su estabilidad y color, algunas turquesas se tratan con resina o cera, una práctica común en la industria joyera.
Su rareza y calidad han convertido a la turquesa en una piedra muy apreciada desde hace siglos. Sin embargo, la creciente demanda ha dado lugar a numerosas imitaciones, a veces difíciles de distinguir de las originales incluso para expertos. Desde la época egipcia, se fabricaban sustitutos en loza silícea azul para reproducir su apariencia. Hoy en día, las técnicas modernas han perfeccionado estas imitaciones utilizando distintos materiales:
Los expertos utilizan diversos métodos para identificar una turquesa auténtica, incluyendo el examen con lupa, pruebas ácidas (con reacciones diferentes según la composición) o análisis espectroscópicos en laboratorio.
Yacimientos: Tanzania, Estados Unidos, Irán, Israel, Turquía, México y China.
La turquesa desempeñó un papel significativo en numerosas culturas antiguas. Fue venerada por gobernantes egipcios, los aztecas y otras civilizaciones precolombinas, así como por persas, mesopotámicos, indios y chinos.
La explotación de la turquesa en Irán data de hace más de 2000 años. Antiguamente llamada "Pirouzeh", que significa “victoria” en persa, pasó a denominarse "Firouzeh" tras la conquista árabe. Este yacimiento contiene piedras de un azul profundo, que pueden tornarse verdes al ser expuestas al calor.
En el Imperio Persa, la turquesa se consideraba un talismán protector contra la muerte natural cuando se llevaba alrededor del cuello o como pulsera. La creencia en su poder era tan fuerte que el cambio de color se interpretaba como un presagio de gran desgracia.
Los palacios iraníes suelen estar adornados con turquesa, simbolizando el cielo en la tierra, una representación emblemática de la belleza y el poder divino.
Desde la primera dinastía de los faraones, los egipcios explotaban las minas de la península del Sinaí para extraer la turquesa, caracterizada por sus tonos verdosos. Esta piedra preciosa era muy apreciada y utilizada en numerosos objetos, especialmente los destinados a la nobleza. El ejemplo más famoso es, sin duda, la máscara funeraria de Tutankamón, incrustada de turquesa. Su uso en objetos religiosos y funerarios refleja su importancia en la cultura del antiguo Egipto.
La turquesa se asociaba con Hathor, la diosa egipcia del amor, la belleza, la música, la maternidad y la alegría. También se utilizaba para adornar joyas y amuletos, ya que se creía que ofrecía protección y buena fortuna a quienes la portaban.
En la antigüedad, la turquesa desempeñó un papel importante en Mesopotamia, donde se valoraba por sus propiedades protectoras. Sumerios y babilonios la empleaban en amuletos y ornamentos reales, considerando que atraía el favor de los dioses y protegía contra las maldiciones.
Entre los escitas, un pueblo nómada de la antigüedad que recorría las estepas euroasiáticas, la turquesa decoraba con frecuencia las armas y joyas de los guerreros. Simbolizaba poder y se creía que fortalecía y hacía más resistente al portador en combate.
Estas piedras llegaban a Europa a través de Turquía. Eran particularmente importantes para los jinetes turcos, quienes creían que protegían a sus caballos de caídas. También se usaban como talismán para proteger a los viajeros de los peligros del camino.
El romano Plinio el Viejo la llamaba Callais, en referencia a la ciudad de Callaïs, situada en Asia Menor, famosa por sus minas de turquesa.
Según algunas interpretaciones, la turquesa sería una de las piedras del pectoral de Aarón descrito en la Biblia (Éxodo 28). En la tradición judía, cada piedra del pectoral representa una de las doce tribus de Israel. La turquesa, asociada a la tribu de Zabulón, simbolizaría el mar y el cielo, evocando la protección divina y la guía espiritual.
En América, los aztecas la llamaban Teoxihuitl y la usaban para crear numerosos objetos ceremoniales en mosaicos que combinaban turquesa, oro, cuarzo, malaquita, jade, coral, entre otros. Se conservan máscaras (algunas con cráneos humanos como base), cuchillos, escudos y más.
En Estados Unidos, se supone que la fabricación de joyas, especialmente amuletos de turquesa, fue la principal actividad y medio de desarrollo de los pueblos Pueblo, en particular los Anasazi. Las actividades de otras tribus, como los navajos, se documentan desde 1880, influenciadas por la llegada europea.
Los apaches y navajos relacionaban la piedra con Estsanatlehi, la diosa del cambio o “mujer turquesa”, deidad de las estaciones. Los apaches creían que si una turquesa se ataba al arco o al rifle de un guerrero o cazador, nunca fallaría su objetivo. Para los sioux lakotas, la turquesa está asociada a Whope, la diosa de la paz. A menudo se utilizaba en rituales de sanación y purificación, por sus supuestas propiedades curativas y calmantes.
En el Tíbet, la turquesa tiene un significado espiritual destacado y forma parte de las “siete joyas” del budismo tibetano. Se incrusta con frecuencia en los malas (rosarios de oración) y ornamentos rituales. A diferencia de las turquesas persas de azul intenso, las tibetanas suelen ser vetadas y verdosas, apreciadas localmente por su belleza. Se consideran símbolo de prosperidad, salud y protección contra la mala suerte.
Las culturas mongolas también valoraban la turquesa, especialmente entre jefes y chamanes, quienes la portaban en joyas para invocar la protección de los espíritus y asegurar la prosperidad de su clan. Se encuentran numerosos artefactos de la época de Gengis Kan que incluyen turquesa.
La turquesa también tuvo presencia en la cultura otomana, especialmente en los adornos de sables y dagas de los sultanes. La creencia en su capacidad de proteger al portador era tan fuerte que algunos guerreros incrustaban la piedra directamente en el mango de sus armas.
En la tradición occidental, durante la Edad Media, la turquesa se consideraba una piedra protectora contra los venenos y las enfermedades. Se decía que podía absorber toxinas y prevenir el envenenamiento, lo que la hacía muy apreciada por la nobleza y los alquimistas.
En Rusia, bajo los zares, la turquesa se incorporó en numerosas coronas y ornamentos reales, especialmente por Pedro el Grande y Catalina II. Se asociaba con la buena suerte y la estabilidad del poder.
En Europa, la turquesa se puso particularmente de moda en el siglo XIX, tras las campañas de excavaciones arqueológicas en Egipto, incluida el descubrimiento de la tumba de Tutankamón. Surgió entonces un estilo neoe gipto en la arquitectura, la joyería y otros objetos, que la colocó en el centro de la atención.
A lo largo de la historia, diferentes civilizaciones han atribuido a la turquesa un conjunto de propiedades, virtudes y usos de carácter simbólico o curativo. La información presentada aquí se enmarca en una perspectiva cultural e histórica, con el fin de ilustrar la relación simbólica que se ha ido tejiendo entre esta piedra y las sociedades humanas a lo largo de los siglos. Como en los ejemplos anteriores, estos elementos forman parte de un enfoque científico e histórico. En ningún caso constituyen una recomendación terapéutica o médica ni reflejan creencias personales.
Por favor, tenga en cuenta que todas las propiedades curativas presentadas de las piedras provienen de tradiciones antiguas y de diversas fuentes culturales. Esta información se proporciona únicamente con fines informativos y de ninguna manera constituye un consejo médico. En caso de algún problema de salud, se recomienda consultar a un profesional calificado.
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