JOYERIA
INSPIRACIÓN
El nombre lapislázuli proviene del persa “lazur”, que significa “azul”, y de “lapis”, que significa “piedra”. Esta combinación refleja la importancia simbólica y estética de esta gema, frecuentemente asociada al cielo y a lo divino en las culturas antiguas.
Es una de las gemas más antiguas conocidas y utilizadas por la humanidad. Ya se explotaba hace más de 7 000 años, en particular en las minas de Sar-e-Sang, situadas en el actual Afganistán, una región que sigue siendo hoy una de las principales fuentes de lapislázuli.
Aunque el término lapislázuli no se consolidó sino hasta la Edad Media, en la Antigüedad esta piedra fue a menudo confundida con el zafiro. Esta confusión se debe en parte a traducciones imprecisas de textos antiguos, en los que las palabras que designaban gemas azules podían referirse indistintamente al zafiro o al lapislázuli. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, aquello que se traduce como zafiro correspondería probablemente al lapislázuli, considerando las características geológicas de las regiones mencionadas.
El lapislázuli es una roca metamórfica compuesta principalmente de lazurita, un silicato rico en azufre responsable de su intenso color azul. Contiene también otros minerales, como la calcita, presente en forma de vetas o marcas blancas, a menudo considerada un “defecto” que puede disminuir el valor de la piedra; la pirita, reconocible por sus inclusiones doradas que aportan un efecto brillante y aumentan su atractivo visual; y la sodalita, que puede contribuir igualmente a sus tonalidades azuladas.
Los lapislázulis más apreciados presentan un azul profundo y homogéneo, con pocas o ninguna traza de calcita. Las inclusiones de pirita, cuando son finas y bien distribuidas, suelen valorarse positivamente, ya que evocan la imagen de un cielo estrellado. Las piedras de menor calidad pueden mostrar un azul apagado o un exceso de calcita, lo que afecta su brillo y apariencia general.
El lapislázuli es también apreciado por su dureza moderada, que se sitúa entre 5 y 6 en la escala de Mohs. Esta característica lo hace suficientemente resistente para su uso en joyería, al mismo tiempo que lo mantiene lo bastante blando como para ser tallado o grabado.
Casi todo el lapislázuli utilizado durante la Antigüedad en Asia, Europa y África provenía de los yacimientos de las montañas del Badakhshán, ubicadas en el actual Afganistán. Estas minas, explotadas desde hace aproximadamente 7 000 años, se cuentan entre las fuentes de piedras preciosas más antiguas conocidas. En algunas zonas, todavía se emplean técnicas de extracción ancestrales, lo que perpetúa una tradición milenaria.
En América del Sur, los incas y otras culturas prehispánicas, como los diaguitas, utilizaban el lapislázuli extraído de la región de Coquimbo, en Chile, desde hace unos 2 000 años antes de nuestra era. Esta piedra se destinaba principalmente a la creación de máscaras rituales, incrustaciones en joyería y objetos decorativos que simbolizaban el cielo estrellado.
En el Antiguo Egipto, el lapislázuli estaba estrechamente asociado con la pureza y la divinidad. Se empleaba en la fabricación de joyas, escarabajos y objetos votivos, y también formaba parte de los adornos funerarios de los faraones, como el emblemático máscara de Tutankamón. El polvo de lapislázuli se utilizaba además en la composición del kohl, un maquillaje destinado a resaltar los ojos, al que se atribuía una función de protección espiritual y física frente a las enfermedades y el mal de ojo.
Los sumerios y los pueblos de Mesopotamia consideraban el lapislázuli como una piedra de protección divina desde alrededor del 3800 a. C. Era frecuentemente tallado en sellos cilíndricos o utilizado como amuleto para alejar los peligros. En la epopeya de Gilgamesh, esta piedra aparece descrita como un ornamento de los dioses y un símbolo de su poder celestial. Asociada a la diosa Inanna, representaba igualmente el vínculo entre el cielo y el mundo subterráneo.
En el Oriente islámico, el lapislázuli era considerado un amuleto protector contra el mal de ojo y un símbolo de serenidad y bienestar. Su azul profundo adornaba mosaicos y minaretes, en particular en las mezquitas, donde evocaba la conexión con lo divino.
Los antiguos griegos conocían el lapislázuli con el nombre de “zafiro de los antiguos”. Lo consideraban un emblema de sabiduría y poder, y lo asociaban con las diosas Atenea, diosa de la guerra y de la sabiduría, y Hera, reina de los dioses y protectora de las uniones sagradas.
Los romanos, por su parte, atribuían al lapislázuli propiedades afrodisíacas. Llamado la “piedra de Venus”, diosa del amor, era visto como un talismán que favorecía el amor y la pasión.
Entre los celtas, esta piedra estaba vinculada a Dana, diosa de los ríos y de la fertilidad. El lapislázuli era percibido como un puente entre los mundos terrenal y espiritual, lo que reforzaba su dimensión mística.
Para los hebreos, el lapislázuli simbolizaba el cielo, y sus inclusiones doradas de pirita representaban las estrellas o el sol. Algunos investigadores estiman que las Tablas de la Ley entregadas a Moisés habrían estado grabadas en esta piedra, confundida en los textos bíblicos con el zafiro. Se considera también que esta gema formaba parte de las doce piedras preciosas del pectoral del sumo sacerdote Aarón, en representación de las tribus de Israel.
IEn la Edad Media, el lapislázuli fue utilizado en la medicina popular. Mezclado con leche u otras sustancias, se aplicaba para aliviar forúnculos, úlceras y para fortalecer los huesos. Su polvo, una vez triturado, también servía para crear un pigmento azul extremadamente apreciado, conocido como ultramar natural. Este pigmento, utilizado por pintores célebres como Leonardo da Vinci o Albrecht Dürer, adornó obras sagradas y frescos, ya que su color resistía el paso del tiempo. Conocido bajo los nombres de azurita o lazurita, al mezclar este polvo con aceite se obtenía el famoso color ultramar, al que a veces se le llamaba “oro azul”.
Durante el Renacimiento, este pigmento derivado del lapislázuli llegó a ser más caro que el oro, debido a la complejidad de su extracción y a su pureza excepcional. Estaba reservado a encargos prestigiosos de grandes mecenas, en particular para obras religiosas en las que simbolizaba la divinidad, la riqueza y lo sagrado. Por ejemplo, fue utilizado por Fra Angelico para los fondos celestiales de sus frescos monásticos, por Rafael en los ropajes de la Virgen María en la célebre Madonna Sixtina, y por Miguel Ángel en algunas secciones de la Capilla Sixtina, aunque su elevado costo limitó su uso. Este pigmento también era muy apreciado en los manuscritos iluminados, donde realzaba las miniaturas destinadas a comitentes reales o eclesiásticos, dando testimonio de su gran prestigio.
En la actualidad, el lapislázuli sigue siendo muy buscado en la joyería y en la artesanía. Además de Chile, Afganistán y Rusia se encuentran entre los principales países proveedores. Objetos prestigiosos, como copas u ornamentos reales, siguen dando testimonio de su importancia simbólica. Por ejemplo, una copa de lapislázuli con pirita fue ofrecida a Luis XVI, y una gran bandeja de lapislázuli figura entre los tesoros de las Coronas francesas.
Yacimientos: Afganistán, Chile, Rusia, Estados Unidos e Italia.
A lo largo de la extensa historia de la humanidad, el lapislázuli ha dado lugar a numerosas interpretaciones, a las que distintas sociedades han asociado propiedades, virtudes y usos de carácter curativo o simbólico. La información presentada aquí se inscribe en un enfoque cultural e histórico, cuyo objetivo es ilustrar la relación simbólica que se ha ido construyendo progresivamente entre esta piedra y las civilizaciones humanas a lo largo de los siglos. Al igual que en los apartados anteriores, se trata de una aproximación descriptiva y patrimonial. En ningún caso constituye una recomendación terapéutica o médica ni refleja creencias establecidas.
Por favor, tenga en cuenta que todas las propiedades curativas presentadas de las piedras provienen de tradiciones antiguas y de diversas fuentes culturales. Esta información se proporciona únicamente con fines informativos y de ninguna manera constituye un consejo médico. En caso de algún problema de salud, se recomienda consultar a un profesional calificado.
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